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Orfanatorio en Tijuana ofrece amor y esperanza a niños con familias en ambos lados

Jul 12th, 2010 | By | Category: Familias transnacionales, Frontera / Border, Proyectos especiales Bookmark and Share

Casa Hogar Lirio de los Valles en Playas Tijuana alberga a 85 niños con historias de abandono y separación, amor y esperanza, que ocurren a los dos lados de una frontera internacional.

Lalo es uno de los más pequeños de los 85 niños del orfanato. Adolfo Flores / El Nuevo Sol

Por CINDY VON QUEDNOW
EL NUEVO SOL

Una confusión de papeles en la frontera entre  México y Estados Unidos hizo que Berenice Rodríguez, una joven de 21 años, nunca viera a su familia de nuevo.

Cuando tenía nueve años, ella y su hermana de 19 viajaron de paseo desde Los Ángeles a México mientras sus padres estaban de viaje. De regreso a EE.UU., Berenice, quien nació en Guadalajara, trató de cruzar la frontera de Tijuana con papeles de otra niña (la hermanita del novio de la hermana) pero no pudo. La separaron de su hermana y la llevaron a una casa de inmigrantes.

“Fue así como nos separaron en ese momento y no supe adónde exactamente la mandaron a (mi hermana)”, recuerda Berenice, quien ahora tiene 21 años. “En ese momento todos los lazos… se me rompieron”.

Por medio del programa de Desarrollo Integral de la Familia (DIF) en México, Berenice entró a la Casa Hogar Lirio de los Valles en Playas Tijuana, un orfanatorio en donde vivió por nueve años. Hoy está estudiando relaciones internacionales en la Universidad Autónoma de Baja California y trabaja en un salón de belleza cerca de la casa hogar donde se crió.

Este orfanatorio, cerca de la frontera México-EE.UU., alberga a 85 niños con experiencias similares y está lleno de historias de abandono y separación, amor y esperanza, que ocurren a los dos lados de una frontera internacional. Algunos de los niños que conviven en el orfanatorio tienen familiares en “el otro lado”.

México es la segunda nación, después de Brasil, con más niños huérfanos de América Latina, con 1.6 millones, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF. Sólo en Tijuana hay más de cien orfanatorios, según Kevin Neff, administrador de la casa hogar.

El orfanatorio acoge a niños del DIF que han sufrido maltrato, violencia familiar, adicción de los padres y abandono, entre otros, explica Sara Neff, de 41 años, administradora de la casa hogar. El DIF también se encarga de todos los aspectos legales de los menores, como las adopciones.

Sara, nativa de Veracruz, estima que más de mil niños han pasado por las puertas del orfanatorio, pero no ha visto muchas adopciones. Además de ayudar a los niños de casos severos con tratamiento sicológico, el orfanatorio ofrece lo básico que un niño necesita: techo, comida y educación.

Sara pone énfasis en crear un espacio familiar en el orfanatorio. Ella y su esposo Kevin, quien es nativo de Wisconsin, son los “papás”. Y los otros trabajadores del orfanatorio se conocen como “tíos” y “tías”. Todos los niños, dependiendo de su edad, tienen sus deberes y responsabilidades. Siguen un horario estricto y van a la escuela en la misma casa hogar o salen afuera a la secundaria y la preparatoria. Los niños se pueden quedar hasta la edad que quieran, ya sea que sigan su educación o trabajen.

“Trabajamos como una familia… que no sea una institución, sino un hogar para todos estos niños, que tanto lo necesitan”, señala Sara.

Aunque algunos niños mantienen contacto con sus padres y familiares en EE.UU, muchos no regresan por sus hijos, ni para visitarlos, explica Sara.

El orfanatorio Casa Hogar Lirio de los Valles alberga a 85 niños huérfanos en Tijuana. Cindy Von Quednow / El Nuevo Sol

“Para mí es triste porque yo creo que no debería de existir nada que sea más importante que el núcleo familiar y nuestros hijos”, señala Sara, quien tiene dos hijos y una hija adoptada.

“He mirado el dolor de los niños, llorando en las noches por sus padres que los han dejado abandonados”, comenta Sara. “No encuentro en mi corazón una excusa o un pretexto de por qué dejarlos”.

Berenice cree que debería haber una forma de evitar la separación de las familias.

“Yo sé que la mayoría de la gente que se va a EE.UU va a buscar una mejor vida y cosas así, (pero) a veces no tiene sentido, porque se van a buscar a una nueva vida, pero dejan a sus familias atrás, solamente se van con preocupaciones”, cometa Berenice. “Deberíamos aprender cómo superar(nos) con lo que tenemos en vez de romper el núcleo familiar que es lo más importante”.

Sara explica que muchos niños tienen la esperanza de volver a ver a sus familiares que viven en EE.UU.

“En ellos siempre está ese anhelo de poderlos encontrar… (pero) tienen que seguir adelante, tienen que continuar con sus vidas, independientemente de si regresan sus padres o no”, comenta Sara.

Pero esa esperanza se disuelve con los años, hasta que ese niño o niña se queda desilusionada y continúa su vida.

Aunque las amigas de Berenice le sugieren que busque a su familia por Internet, ella dice que no es su prioridad.

“Cuando estaba más chica, mi gran anhelo fue regresar (a EE.UU.), más que nada con mi familia, por estar con ellos”, explica Berenice, cuya mamá es estadounidense. “Pero ahorita ya no… ya estoy aquí, ya empecé algo, tengo que seguir adelante”.

Igual se sintió José García cuando después de 10 años sin ver a su mamá, él y su hermano la volvieron a ver cuando estaban viviendo sus propias vidas fuera del orfanatorio. Los niños, que son de Tijuana originalmente llegaron a la casa hogar porque su papá estaba en la cárcel en EE.UU. y su mamá también se fue para El Norte. Hace unos años regresó su mamá a buscarlos. José dice que él sólo la saludó, pero no sintió nada por ella.

“Sí es mi mamá y todo, la respeto pero ¿mi mamá mi mamá?, nomás físicamente”, señala José.  “Una mamá es alguien que está contigo, alguien a quien le puedo contar mis problemas y ella nunca estuvo… Cuando estaba chiquito, en mi mente yo quiera estar con ella, pero ya no”.

Sara, la administradora de la casa hogar, expone que no muchos niños sienten resentimiento hacia sus padres porque aun siguen estableciendo sus vidas. Pero cuando esa esperanza de salir adelante se oscurece, puede crear rencor.

Nohemi Cano fue abandonada por su mamá en Mexicali, aunque las dos nacieron en EE.UU.  La joven no pudo continuar la escuela porque no tenía documentos mexicanos.

“Para ella su educación era muy importante, eso es lo único con lo que se aferran los niños”, dice Sara.  “Con ella sí me tocó ver un rencor que le tenía a la mamá, un odio. Ella decía: ‘por qué nos hizo esto’… Nunca se apareció la mamá y nunca regresó a la escuela”.

Sara explica que la muchacha se puso muy mal emocionalmente hasta que se salió del hogar y ahora vive en un centro de rehabilitación. Los medios hermanitos de Nohemi, Fernanda de 9 y Ángel de 6, aún siguen en la casa hogar. Aunque Fernanda mantiene una relación con su media hermana, no ha tenido contacto con sus padres. Sabe que tiene familia en México y EE.UU. que quisiera ver, pero reconoce que no debería de irse de la casa hogar.

Igual Luis Ángel, 12, quien ha vivido en la casa hogar por dos años, tampoco quiere salirse a buscar a sus padres que viven en Veracruz y a sus familiares que viven en México y en EE.UU.

"Aquí tengo la escuela, no tengo que pagar nada. Aquí estoy bien", dice Luis Angel. Cindy Von Quednow / El Nuevo Sol

“Hay muchos niños que se escapan de aquí, ¿pero qué voy a ganar? Aquí tengo la escuela, no tengo que pagar nada, aquí estoy bien”, dice Luis Ángel, quien vive con su hermanito y primos en el orfanatorio y es originario de Michoacán.  “No me escapo también por miedo. Como ya estoy acostumbrado a no salir afuera, pues nunca me he escapado de aquí”.

Benjamín Venegas, de 22 años, sí logró escaparse durante un paseo a EE.UU. Él vivió en la casa hogar con su hermano mayor desde los tres años, cuando sus padres los abandonaron. Después de vivir con una nueva familia en San Diego, se hizo residente estadounidense y ahora es estudiante en la Universidad de California de Santa Barbará. Su hermano es ingeniero mecánico y vive en Australia. Benjamín estaba de visita en la casa hogar durante sus vacaciones de semana santa.

“Regresé por los niños, para no olvidar de dónde soy”, dice Benjamín. “Siempre tendré lazos que me atan aquí”.

Igual que Berenice y José, Benjamín perdió la esperanza de algún día encontrar a sus padres, tampoco los ha buscado. Mejor él les dice a los niños que se queden en el hogar y que sigan luchando.

“Yo les digo, ‘a lo mejor no lo piensan, pero ustedes tienen una oportunidad aquí, ellos los apoyan en todo”, señala Benjamín. “‘Aunque hagan algo malo, ellos se preocupan por ustedes y es difícil encontrar a personas como ellos’”.

Como Berenice vive y trabaja cerca de la casa hogar, visita el orfanatorio con mayor frecuencia. Cuando tiene tiempo, saca a los niños a pasear y les cuenta de su vida afuera. Aún conserva su relación con otros muchachos que crecieron en el orfanatorio.

“Siempre, cuando nos sentamos a platicar, lo más chistoso es que, aunque nos ponemos a platicar de otras cosas, terminamos platicando del orfanatorio,” cuenta Berenice. “Muchas veces, me da mucho gusto porque igual si no hubiera pasado esto, nunca hubiera conocido a estas personas, nunca hubiera estado en esta casa hogar, que es donde tengo mis mejores experiencias”.

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