Al salir de Estados Unidos, me sentí liberado. Mi mente expresó felicidad a su máximo nivel y me acordé de cuando viajaba de El Salvador a Los Ángeles, con cierto nerviosismo de lo que venía por delante, pero visualizando siempre lo mejor y alcanzando mis metas.

Por Pedro Noé Hernández en colaboración con JACQUELINE GUZMÁN-GARCÍA
EL NUEVO SOL

De origen salvadoreño, Pedro, de 26 años de edad, obtuvo su licenciatura de biología en la Universidad del Estado de California, Northridge (CSUN), y después decidió viajar al país natal de su madre, México, al ver que en Estados Unidos sería muy difícil asistir a la escuela de odontología. El pasado mes de mayo, Pedro salió  voluntariamente del Estados Unidos para poder lograr su objetivo principal. Después de investigar el proceso para ingresar a una universidad mexicana, en el otoño del 2011 comenzó su primer semestre en la Facultad de Odontología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Hoy en día, Pedro siente haber logrado parte de su sueño y darse cuenta que “Los sueños se logran en cualquier país”.

A continuación, presentamos unas postales de Pedro y el relato en primera persona de su historia de vida.

Mi vida tomó un rumbo diferente después de haber sufrido en la escuela en El Salvador acosos por parte de la mara salvatrucha. En el 2001, mi familia decidió mudarse a Los Ángeles. A la edad de 16 años, tuve que reaprender el inglés. Empecé como todos los recién llegados a Estados Unidos, tomando clases de ESL (English as a Second Language). En un año terminé los 4 niveles que el curso exigía en la preparatoria. Terminé todos mis requisitos para graduación en dos años con promedio de 3.9 GPA.

Sin embargo, al llegar a un colegio comunitario y preguntar los requisitos de admisión, me dijeron que no podía ingresar porque no tenía seguro social o tarjeta de residencia. Mi mundo se colapsó. Mi felicidad y alegría se convirtieron en un paisaje oscuro. Con mi padre fuimos a otro colegio comunitario para ver si teníamos otro tipo de respuesta, y la visita sirvió. Allí encontramos a Florentino Manzano y a Ivna Gusmao, quienes ayudaban a proveer información a los estudiantes indocumentados.

Ellos nos orientaron sobre la ley de California AB540, la cual permite a los estudiantes indocumentados pagar colegiaturas de residentes en el estado si califican con ciertos requisitos.

Incluso nos recomendaron pedirle a los consejeros de mi preparatoria retenerme un año más para cumplir con el requisito de tres años para calificar bajo esta ley. Ellos me ayudaron a inscribirme en clases en el colegio mientras hacía mi tercer año en High School, así tenía la oportunidad de adelantar materias.

Como suele suceder con leyes importantes, mi consejera de preparatoria nunca había escuchado sobre dicha ley y me dijo que averiguaría si me podía retener un año más. Todo esto sucedió días después de mi ceremonia de graduación. Y asi fue, me quede un año más para poder calificar como estudiante AB540.

Mi tercer año en la preparatoria paso con mucha rapidez, pues repartía mis horas diarias entre la escuela y el college. Empecé en Valley College tomando clases avanzadas de inglés, química y biología, pues mi objetivo desde aquel tiempo era estudiar odontología. Al concluir mi año mixto, me mudé como estudiante de tiempo completo a Pierce College, en el Valle de San Fernando, CA. Entré al programa de honores, y al concluir mi tiempo, fui admitido a la Universidad de California en Irvine (UCI). Con mis padres y hermanos, muy motivados fuimos a conocer el campus, pero después tuvimos que aceptar una triste realidad. No teníamos cómo cubrir los gastos universitarios a pesar de ser una universidad pública.

Las circunstancias definieron mi futuro en los próximos 3 años. Entré a la Universidad del Estado de California en Northridge (CSUN), lugar al que sinceramente, nunca tenía contemplado entrar como opción de estudios. Con el paso del tiempo fui apreciando mi nuevo centro de estudios y terminé enamorado de CSUN. Al concluir mi licenciatura en Biología, le agradecí a Dios por darme opciones cuando pensé que todo estaba cerrado. El problema ahora era cómo entrar a la escuela de Odontología.

Tras nueve años de estar como estudiante indocumentado, uno llega a pensar cuánto tiempo más pasará para estabilizar su situación en el país que adoptamos como patria, como hogar, y al que amamos a pesar del rechazo por el simple hecho de no tener una situación legal. Dicen que el fin justifica los medios, así que me mudé a Atlanta unos meses, ya que una amiga propuso ayudarme, casándose conmigo. Allá trabajé de jardinero. Los días se me hacían largos, y a pesar de la disposición de mi amiga, no ví nada claro; así que me regresé a Los Ángeles unas semanas antes de mi ceremonia de graduación.

Hice el DAT, examen de admisión para la escuela de Odontología en Estados Unidos, pero al igual que cuando me aceptaron en UCI, la pregunta era: ¿cómo costearía la educación? En este caso era mucho más difícil pues únicamente escuelas privadas ofrecían cupo para un estudiante con mis características. Con colegiaturas estratosféricas y con el tiempo encima de mí, consideré seriamente asistir la Facultad de Odontología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Dicen que a la hora de tomar una decisión, debe hacerse con mucha determinación, y en mi caso, así fue. Me moviicé, averiguando requisitos para entrar a la UNAM y teniendo documentos mexicanos por mi madre que es mexicana, no dude en mis posibilidades de salir de este país para seguir mi sueño. El 31 de mayo del 2011, mi hermano, ciudadano estadounidense, y mi tío, residente legal, me llevaron a Tijuana. Cruzamos la frontera en carro y al entrar a México ni siquiera nos detuvieron.

Al salir de Estados Unidos, me sentí liberado. Mi mente expresó felicidad a su máximo nivel y me acordé de cuando viajaba de El Salvador a Los Ángeles, con cierto nerviosismo de lo que venía por delante, pero visualizando siempre lo mejor y alcanzando mis metas. Mi familia de parte de mamá, me acogió con los brazos abiertos y empezaron a ayudarme a movilizarme acá dentro de la ciudad de México. Temían que por vestir diferente y por mi acento llamara la atención y fuera objeto de asaltos. En forma cortés les hice saber que no olvidaran que había vivido once años en El Salvador y que allá también era peligroso y que sin embargo había sobrevivido.

Ya establecido en México, fui a tomar el examen de admisión en la Universidad Nacional Autonoma de Mexico (UNAM), pero fallé en la sección de historia de México y pues tuve que ingresar a otra universidad a la que nunca había escuchado: la Universidad Autónoma Metropolitana. Allí, cursé un semestre y me preparé mucho más para retomar el examen de admisión en la UNAM. Y así fue, la segunda vez que lo tomé, obtuve un puntaje alto. La felicidad nuevamente invadió mi ser, y la noticia engrandeció de orgullo a mis padres. Finalmente, había sido admitido a la Universidad Nacional Autónoma de México, considerada la mejor facultad de Odontología de habla hispana en el mundo.

Terminé mi primer año con 8.5 de promedio en la “facu” como se le dice cariñosamente, lo cual me permite mantenerme en el Programa de Alto Rendimiento Académico (PARA). Me encantó tener contacto directo con pacientes haciéndoles profilaxis, aplicación de flúor y selladores, (odontología preventiva).

El nivel de enseñanza es bastante alto. No puedo evitar hacer comparaciones y concluir que a pesar de este nivel, tengo compañeros que no son tan competitivos como los que solía tener en Valley College, PierceCcollege o CSUN. Yo creo que esto se debe a que ellos ingresan directo a la carrera al graduarse de la preparatoria. Al entrar a una edad más temprana, ellos comienzan la carrera menos maduros, y sin considerar el valor verdadero de estar estudiando su carrera. O quizá sea yo, que pongo demasiado énfasis en lo que hago y todo lo que me ha costado estar acá que lo veo de esa forma.

En el otoño iniciaré mi segundo año (Después de un poco más de dos meses de vacaciones). Estoy muy emocionado. Y hay mucho que aprender y nuevos pacientes que atender.

La verdad es que estoy muy feliz de haber tomado la decisión de mudarme a México, pues la UNAM es una universidad muy competitiva y ofrece a los mejores estudiantes oportunidades que nunca escuché de universidades en Estados Unidos.

Por ejemplo, a quienes cumplan con un promedio superior al de 8.5, la UNAM ofrece un semestre de intercambio en una universidad dentro del país o en el extranjero ¡con gastos pagados! Esto incluye viaje, comida, hospedaje y el trámite de revalidación de estudios. Yo planeo aplicarme para poder viajar a Brasil y estar allá un año. Pero antes debo aprender portugués. Creo que lo más importante en la vida es tomar riesgos, y actuar. Porque de nada sirve pensar mil cosas y no hacer tan sólo una.

Admiro mucho a mis colegas estudiantes indocumentados que salen a marchar para exigir sus derechos y que se organizan para luchar con las injusticias del sistema gringo. Créanme, yo también lo hacía. Sería interesante hacer un estudio 20 años en el futuro para saber ¿qué fue de ellos?

En mi caso, puedo decir que llega un punto en donde te pones a meditar y piensas: “el tiempo avanza, ¿qué será de mí en los próximos años?” Yo siempre pensaba en mi futuro y no veía nada con claridad. Cuando Obama llegó al poder tuve cierta esperanza, pero tras escuchar que el senado rechazaba cada intento, me desilusioné y opté por realizar “mi sueño americano” en otros suelos.

En mis vacaciones fui a El Salvador y tuve la oportunidad de ver a mis amigos y familiares. Mis hermanos y mi padre viajaron desde Los Ángeles para encontrarnos en El Salvador. Para conseguir algo de dinero, compro artículos relacionados a Odontología en EEUU, los cuales vendo acá en la UNAM.

Finalmente, puedo decir, que el sueño americano se puede realizar en cualquier parte del mundo. Pues los sueños se fabrican en la mente y se realizan en el mundo material. Si puedes soñar, lo puedes materializar. Cuesta y requiere sacrificios. Yo dejé atrás a mi familia, a mis amigos y no puedo evitar decir que me sentía muy arraigado con el ambiente pues consideraba el Valle de San Fernando, mi hogar.

No descarto la posibilidad de regresar a Estados Unidos triunfante , y tal vez formar parte de la Asociación Americana de Educación Dental, y con la posibilidad de ejercer mi carrera allá, pues es donde está mi familia. Pero tampoco descarto la posibilidad de quedarme acá en México, El Salvador u otro país, pues con el tiempo he aprendido que no hay nada definitivo en este universo de posibilidades que nos aguarda en el futuro; y que las decisiones que se toman, a menudo en tiempo de crisis, ayudan a salir triunfante. Debo recalcar, la importancia de acercarse a la gente que sabe, y asesorarse bien. No sé qué hubiera sido de mí sin haber tenido contacto con la señora Gusmao, o con Manzano, y debo agradecer también el apoyo de mi familia que siempre ha creído en mí.


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